Crónica de una expedición al Volcán Barú

La primera vez que hablé con la mamá no fue en la montaña, sino a miles de kilómetros de distancia, a través de una videollamada desde Francia.
Era una familia de cinco: padre, madre, dos hijas jóvenes y el menor de la familia. Querían subir el Volcán Barú, y como muchos viajeros responsables, comenzaron haciendo preguntas.
Querían saberlo todo.
La dificultad del trek.
El clima en la montaña.
Los cambios recientes en las regulaciones del parque.

Qué equipo debían traer y qué podían alquilar para evitar cargar demasiado desde Europa.
Durante varios días intercambiamos mensajes y detalles logísticos. Les expliqué el tipo de terreno, la altitud, el frío que suele sentirse en la cima y también los nuevos arreglos del parque que todos debemos respetar cuando caminamos esta montaña.
Al final tomaron una decisión práctica: alquilar parte del equipo conmigo para no viajar con demasiado peso.
Era una buena decisión.

El peso real de una expedición
Muchos hikers europeos están acostumbrados al ultralight trekking, donde el agua se consigue fácilmente en ríos o manantiales a lo largo del camino.
Pero en esta montaña la logística es distinta.
En el sendero existe un pequeño ojo de agua, pero por seguridad preferimos llevar nuestra propia agua desde el inicio. Ese pequeño ojo de agua no es un flujo constante de agua como un río o un manantial activo; es más bien un pequeño punto donde el agua se acumula lentamente, y con tantos senderistas pasando por allí durante la temporada, existe la posibilidad de que no siempre esté completamente limpia.
Solo el agua puede cambiar completamente el peso de una mochila.
Tres litros de agua para cada día ya representan varios kilos adicionales. De hecho, tres litros equivalen aproximadamente a 6.6 libras de peso, y para dos días de caminata una persona puede terminar cargando cerca de 13.23 libras solo en agua.
Por eso la hidratación de cada persona es un punto muy importante en este tipo de caminatas. Mantener un buen nivel de agua en el cuerpo es clave cuando se camina en montaña y se gana altura progresivamente.
A eso se suma la comida necesaria para dos días: almuerzos para ambos días, una cena, desayuno y snacks para el camino.
Luego viene el equipo de campamento:
tienda de campaña
sleeping bag
aislante de suelo
sleeping pad
capas de ropa para el frío
Aunque el peso de la tienda se divide entre varias personas, la mochila sigue creciendo rápidamente.
Cuando revisamos el peso del equipo antes de comenzar la caminata, las mochilas estaban entre 30 y 38 libras.
No era un peso ligero.
Pero algo quedó claro desde el primer momento: tenían buena condición física.

Avanzando entre el bosque
Entramos al bosque con un ritmo constante. No rápido, pero firme.
Ese tipo de paso suele ser el mejor en esta montaña.
Los primeros kilómetros de la ruta son fundamentales para analizar las condiciones de las personas. En especial porque los últimos 2.5 kilómetros concentran aproximadamente la mitad de la ganancia de altura de toda la ruta, unos 837 metros de ascenso en un tramo relativamente corto.
Mientras avanzábamos, el bosque nos fue regalando pequeños momentos que siempre hacen especial una caminata.

Escuchamos al quetzal y al black-faced solitaire cantando entre los árboles.
También vimos al elegante long-tailed silky flycatcher moviéndose entre las ramas junto a su pareja.
Más adelante apareció el spotted wood quail, una de las gallinitas del bosque que siempre sorprende a los visitantes.
En los primeros kilómetros del sendero también logramos observar otro de los habitantes del bosque: el black guan, una de las aves grandes que se mueve entre los árboles de estas montañas.
En medio del sendero incluso vimos un pequeño mamífero con una presa en la boca. Ninguno de nosotros pudo identificarlo con certeza.
Después de muchos años guiando en esta montaña, todavía hay momentos que logran sorprenderme.
Y eso siempre es una buena señal.
Además, ese día tenía algo particular: éramos los únicos en el sendero. No encontramos otros grupos ni subiendo ni bajando. Subimos el primer día y bajamos al día siguiente sin cruzarnos con otros senderistas en esa ruta.
La niebla del cráter
Al llegar a la zona del cráter instalamos el campamento.
Era tarde en la tarde, alrededor de las cinco o seis.
Entonces ocurrió algo bastante típico en esta montaña.
La neblina comenzó a entrar.
En otras ocasiones he vivido momentos en los que la niebla es tan espesa que apenas se puede ver a alguien a dos metros de distancia.
Y con la neblina siempre aparece una pequeña dosis de incertidumbre.
¿Vendrá viento fuerte durante la noche?
¿Bajará demasiado la temperatura?
Son preguntas normales cuando se duerme a más de 3,000 metros de altura, por eso siempre subimos muy bien preparados.
Pero esa noche todo se mantuvo tranquilo.
La montaña simplemente nos recordaba que estábamos en su territorio.
La madrugada
A las 3:00 de la mañana comenzó el movimiento en el campamento.
Empacar equipo, preparar las mochilas, tomar café y algo de té caliente antes de comenzar el último tramo hacia la cima.
Quedaban 1.2 kilómetros finales.
La oscuridad todavía cubría el sendero cuando empezamos a caminar.
Ese momento tiene algo especial.
La montaña está en silencio.
Solo se escuchan las botas sobre la tierra y el sonido del viento moviendo los arbustos.
Antes de que comenzara a nublarse el lado del Caribe, el cielo estaba completamente despejado.
Era uno de esos cielos que pocas veces se ven con tanta claridad.
La Vía Láctea cruzaba el cielo como una franja luminosa, y desde la altura también se podía ver el mapa de luces de los pueblos que rodean la montaña.
Se distinguían las luces de David, Boquete, Volcán, Paso Ancho, y otras comunidades alrededor del macizo del Barú.
Incluso, a lo lejos, podían verse las luces de Bocas del Toro y algunas luces cercanas a la frontera entre Panamá y Costa Rica.
Desde arriba, todo parecía un mapa luminoso extendido bajo las estrellas.
Un amanecer diferente
Cuando llegamos a la cima del Volcán Barú fuimos los primeros.
Después de algunos minutos comenzaron a verse a lo lejos las luces de los turistas que subían caminando desde el lado de Boquete.
También se distinguía la caravana de vehículos que transportaba visitantes por la carretera para llegar a tiempo al amanecer.
Era un amanecer distinto.
El lado del Caribe estaba cubierto por nubes, pero el Océano Pacífico aparecía claramente hacia el sur.
Cada amanecer aquí es diferente.
Algunos días el cielo explota en colores intensos.
Otros días la luz se filtra entre las nubes creando paisajes suaves y silenciosos.
Ese día fue uno de esos amaneceres tranquilos.
De los que se disfrutan en silencio.
Rock, montaña y cultura
Durante el ascenso descubrí algo que no esperaba.
A esta familia francesa le gustaba el rock.
Mucho.
La conversación cambió de senderos y mochilas a música.
Me hablaron de varias bandas francesas que yo no conocía y que luego busqué para escucharlas con calma.
La montaña tiene esa magia.
Personas de diferentes países comienzan hablando de mochilas, clima o senderos… y terminan compartiendo música, historias y cultura.
El final del camino
Al final de la expedición nos despedimos.
Ellos continuaron su viaje por otras regiones de Panamá antes de regresar a Francia.
Para mí quedó el recuerdo de una caminata tranquila, una familia fuerte y curiosa, y una conversación inesperada sobre rock en medio de la montaña.
Cada grupo que llega al Volcán Barú deja algo diferente.
Y eso es lo que hace especial seguir guiando aquí, una y otra vez.
Porque cada expedición tiene su propia historia.
Artículo escrito por Jorge López Morrison.
Este artículo fue posible gracias al patrocinio de Movimiento Difusión Sonora, una plataforma dedicada a la promoción de artistas nacionales e internacionales, impulsando el talento y la cultura a través de la música.
¿Quieres subir el Volcán Barú? Escríbenos.

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