Hike Volcan Baru and tour Panama with a professional bilingual guide.
DE UNA ALERTA METEOROLÓGICA A UN VIAJE EN EL TIEMPO: Mi última trek al Volcán Barú
Hay treks que salen exactamente como los planeas. Y luego están los del Volcán Barú, donde preparas un itinerario impecable y la montaña lo mira, sonríe y te dice: “Bonito intento, muchacho”. Esta historia empezó con un correo enviado desde Francia, sobrevivió a tres cambios de fecha por asuntos del clima y terminó llevándome de regreso a 1998, cuando yo era un adolescente ingenuo jugando al montañista.
Un correo que cruzó el Atlántico Un día me escribió Philippe (o Phil, como terminamos diciéndole de cariño) desde Francia. Venía con su familia a recorrer Panamá y tenían un plan muy claro: subir al Volcán Barú por el sendero de Paso Ancho, acampar una noche en el cráter y llegar a la cumbre justo a tiempo para el amanecer. El clima decidió ajustar nuestro setlist La subida estaba programada para el 8 de agosto. El pronóstico dijo que no.
La movimos para el 9. Entonces apareció una alerta nacional por mal tiempo. Ahí quedó clarísimo quién estaba tomando las decisiones reales en esta expedición. Después de reorganizar horarios, hospedaje y logística, encontramos una buena ventana de tiempo para el 11 y 12 de agosto. La familia estaba hospedada en el hostal Aquí Va. Fui a llevarles el equipo técnico, revisamos todo detalle por detalle y dejamos planeada la salida: 3:00 a.m. desde el pueblo de Volcán para empezar a patear el sendero a las 4:00 a.m. La hora de negociar con la almohada A las tres de la mañana uno todavía está en plena negociación diplomática con la almohada.
Pero a las cuatro en punto, ya estábamos caminando. Las linternas frontales abrían pequeños túneles de luz en la penumbra mientras el frío de la madrugada terminaba de espantar el sueño. En los primeros kilómetros apareció una zarigüeya mirándonos con una tranquilidad impresionante, como si me conociera de tantas veces que he caminado este sendero. Un poco más arriba, varios nightjars (chotacabras) descansaban entre la vegetación mientras el viento empezaba a rugir, recordándonos que ya estábamos entrando en su territorio.
Moshpit en el cráter y clases de español panameño Llegamos al cráter durante la tarde. Montamos las carpas, preparamos una infusión bien caliente y, como suele pasar cuando no hay pantallas distrayendo, empezaron las mejores conversaciones. Intentar explicarle a una familia francesa que en Panamá la palabra “dale” puede significar sí, vamos, perfecto, de acuerdo, chao o simplemente te entendí, terminó convirtiéndose en una clase improvisada y divertidísima de español panameño. Nos reímos bastante y esas pequeñas grietas culturales hicieron que el grupo conectara al 100%.
Mientras tanto, afuera seguía soplando el viento. Durante la noche cayó una llovizna ligera y la temperatura bajó drásticamente. Pero las carpas de tres estaciones hicieron su trabajo y los sacos térmicos nos regalaron una noche serena en pleno cráter. Al amanecer, caminamos el último tramo hacia la cumbre. Y, como siempre, el Barú cobró su entrada con esfuerzo… pero la pagó devolviendo una vista imposible de olvidar.
El almuerzo que abrió un portal a 1998 Después del descenso, terminamos celebrando con una buena comida en un restaurante en Boquete. Entre conversación y anécdotas, comenté algo casi sin pensarlo: —La primera vez que subí al Barú tenía apenas trece años… La esposa de Phil sonrió, me miró y me soltó la bomba: —Mi hijo tiene actualmente exactamente la misma edad que tenías tú cuando subiste por primera vez. Fue instantáneo. Miré al muchacho disfrutando su comida, fresco y victorioso después de conquistar la montaña… y mi cabeza salió disparada directo a 1998. Cuando subir al Barú era un acto de fe (y de terquedad) Hoy mucha gente me pregunta qué equipo de alta montaña recomiendo. En aquella época, la pregunta era otra: “¿Quién tiene carpa?” Y el 90% de las veces la respuesta era “Nadie”. Tener una carpa ya era un lujo de adinerados. Y si alguien aparecía con una de esas tiendas de picnic para playa con varillas de fibra de vidrio que se doblaban con el viento, ese era el millonario del grupo. Los demás dormíamos donde tocara: a la intemperie total, con el sweater que hubiera en la casa, sin aislante, sin colchón y (a veces cargaba hasta la manta de mi cuarto, ¡jajaja!). Y con un detalle que hoy me da risa recordar: mi almohada era una de mis botas de escalar recién quitada. No era precisamente una experiencia cinco estrellas. La mochila “supermercado” Mi lógica adolescente de 1998 era espectacular: “Si llevo más comida, voy a tener más energía”. Así terminé cargando un morral que parecía preparado para abastecer un supermercado entero. Más pan, más latas, más peso inútil. Mi espalda todavía se ríe de aquella idea mientras mi digestión sufría los estragos. La época de caminar siguiendo una sola luz Las linternas también tenían su propia historia. En un grupo de diez personas, apenas una o dos llevaban una lámpara decente. Los demás avanzábamos a ciegas siguiendo esa luz como quien sigue el último taxi de la madrugada: con mucha fe y bastante equilibrio. Aquella primera subida de 1998 me tomó casi 14 infames horas. Bajé destruido, muerto de frío y jurando con toda la convicción del mundo: “¡No vuelvo nunca más a esta montaña!” Tres años después, a los 16, regresé. Y desde entonces no he dejado de subir al Barú un solo año de mi vida. La montaña no cambia. Uno sí. Ver a la familia de Phil disfrutar la experiencia con el equipo adecuado, una preparación impecable y una actitud increíble me recordó algo importante. Todas aquellas metidas de pata de mi adolescencia noventera terminaron sirviendo para algo. Dormir sobre piedras, usar botas apestosas de almohada, cargar comida de más y caminar medio ciego detrás de la única linterna del grupo… todo eso fue mi universidad de montaña. El Volcán Barú sigue siendo el mismo gigante imposing de siempre. Lo que cambia es la manera en que aprendemos a caminarlo. Y hoy, cada vez que llego a la cima con una sonrisa, siento que todos esos errores de 13 años finalmente encontraron su verdadero propósito.
Este artículo llegó gracias a Movimiento Difusión Sonora, una plataforma enfocada en apoyar e impulsar el talento artístico panameño, especialmente la escena alternativa y rockera de Tierras Altas, Chiriquí.
Si algún día quieres vivir tu propio amanecer en el Volcán Barú, puedes escribirnos directamente por WhatsApp y unirte a una próxima expedición con BaruExpedition.
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