La montaña no siempre avisa

Una noche francesa, cinco kilómetros de lluvia, lámparas que se apagan y una cima conquistada al amanecer

Hay hikes que salen exactamente como estaban planeados.

Y después están los otros.

Los que empiezan tarde, bajo la lluvia, con lámparas que se apagan a los 900 metros, viento frío, ropa mojada, baterías que dicen “hasta aquí llegué” y un guía haciendo malabares con el equipo para que cinco jóvenes franceses puedan seguir avanzando.

Esta fue de las segundas.

El plan original era sencillo: el grupo debía estar en el pueblo de Volcán alrededor de las 9:00 de la noche, hacer el registro, subir hasta el punto de inicio y comenzar a caminar alrededor de las 10:00.

Pero la montaña, como suele ocurrir, no lee itinerarios.

Por asuntos de última hora llegaron aproximadamente a las 10:00. Hicimos el registro, organizamos el equipo y finalmente comenzamos a caminar cerca de las 11:00 de la noche.

Todavía todo parecía bastante normal.

Hasta que dejó de serlo.

La primera lluvia

Después de salir de la zona de control y avanzar hacia el bosque, comenzó a llover.

Nada que pareciera especialmente preocupante. Una lluvia de montaña. De esas que uno piensa que van a durar diez minutos y después desaparecerán misteriosamente.

Pero no.

La lluvia decidió acompañarnos.

Y siguió.

Kilómetro tras kilómetro.

Para entonces ya estábamos entrando en ese ambiente particular del Barú durante la noche: oscuridad absoluta, vegetación húmeda, el sonido constante del agua y esa sensación de estar caminando dentro de un mundo completamente diferente al que existe durante el día.

Y entonces apareció el primer pequeño problema.

Aproximadamente a los 900 metros, dos de las lámparas que llevaban algunos de los muchachos comenzaron a apagarse.

No había forma de acceder en ese momento a las lámparas adicionales que tenía guardadas en casa. Así que tocaba utilizar el protocolo más básico de cualquier expedición: el equipo que llevas encima es el equipo que tienes.

Por suerte, llevaba lámparas de backup en mi propia mochila.

Normalmente las llevo para mí o para cubrir precisamente este tipo de situaciones con personas que alquilan equipo.

Les entregué dos.

Y seguimos.

Porque en la montaña, muchas veces la solución no es detener el problema.

Es seguir caminando.

Entre lluvia, animales y oscuridad

La noche tenía también sus momentos curiosos.

A pesar de la lluvia, el bosque estaba vivo.

Apareció un conejo muleto cruzándose por el camino. También escuchamos y vimos algunos de los pequeños habitantes nocturnos del bosque: roedores que aparecían fugazmente entre la vegetación, moviéndose de un lado a otro como si nosotros fuéramos los intrusos.

Y estaban los nightjars, esas aves nocturnas que forman parte de la banda sonora de estos senderos.

Porque un hike nocturno no es simplemente caminar sin luz.

Es aprender a escuchar.

Durante el día uno mira el paisaje.

De noche, el paisaje te mira a ti.

El Barú empieza a cambiar de humor

La lluvia prácticamente nos acompañó hasta alrededor del kilómetro cinco.

Y después empezó el bajareque.

El viento apareció.

La temperatura comenzó a caer.

Y aquí es donde un hike nocturno de invierno empieza a convertirse en otra cosa.

Porque no solamente estábamos enfrentando el frío: llevábamos varios kilómetros caminando bajo la lluvia, así que parte de la ropa ya estaba mojada.

Cuando faltaban aproximadamente 2.5 kilómetros para la cima, las condiciones se sintieron bastante más frías.

Pero todavía teníamos una misión:

llegar antes del amanecer.

Y faltaba lo más interesante.

Cuando las lámparas empiezan a morir

A unos 1.5 kilómetros de la cima, las lámparas de backup comenzaron a hacer lo que inevitablemente hacen las baterías recargables después de varias horas:

morir.

Una se apagó.

Saqué otra de mi mochila y se la entregué a uno de ellos.

Después comenzó a descargarse la mía.

La puse a cargar y saqué otra que llevaba completamente cargada.

Más adelante, otra empezó a fallar.

Entonces comenzó una especie de coreografía absurda en medio de la oscuridad:

una lámpara se utilizaba mientras otra cargaba;

cuando una recuperaba suficiente batería, entraba en circulación;

otra comenzaba a descargarse;

entonces cambiábamos nuevamente.

Una pequeña rotación de lámparas en medio del bosque.

No era precisamente el sistema de iluminación más elegante del planeta.

Pero funcionaba.

Y eso era lo importante.

El frío también tiene memoria

Una de las chicas tampoco llevaba guantes.

Así que le presté uno de los míos.

Además, llevaba conmigo unos pequeños sobres calentadores —de esos que uno mete en el bolsillo y empiezan a producir calor— que terminaron siendo bastante útiles.

Porque cuando el viento frío entra en escena después de varios kilómetros bajo la lluvia, cualquier pequeña fuente de calor empieza a sentirse como un lujo.

En una montaña como el Barú, a veces la diferencia entre estar incómodo y poder continuar está en cosas aparentemente insignificantes:

un guante,

una lámpara,

una batería,

un sobre calentador,

o simplemente alguien que haya pensado en llevar un backup.

6:00 a. m.

Finalmente, después de toda aquella combinación de lluvia, oscuridad, viento, frío, baterías intercambiadas y equipo improvisado…

Llegamos.

6:00 de la mañana.

La cima.

La meta estaba cumplida.

No llegamos precisamente en condiciones de postal turística.

Llegamos como llegan muchas personas después de una aventura real: cansados, mojados, con frío y probablemente preguntándonos por qué demonios habíamos decidido hacer aquello durante la noche.

Pero llegamos.

Y eso también forma parte de la experiencia.

El Barú en invierno es otro animal

Existe una idea bastante extendida de que para hacer un hike de montaña hay que esperar el día perfecto.

Cielo despejado.

Sol.

Temperatura agradable.

Cero lluvia.

Paisaje de calendario.

Y sí, esos días existen.

Pero el Barú también tiene otra personalidad.

Desde mayo hasta diciembre, la montaña puede mostrar su versión húmeda, fría, ventosa y misteriosa. Es una experiencia completamente diferente.

El bosque mojado.

La neblina.

El sonido de la lluvia sobre la vegetación.

Las criaturas nocturnas apareciendo entre los árboles.

El viento golpeando en las zonas abiertas.

Y esa sensación de estar avanzando hacia una cima que todavía no puedes ver.

No necesariamente es para todo el mundo.

Y probablemente esa sea precisamente la gracia.

Algunas personas prefieren esperar el verano.

Otras quieren caminar durante el día.

Otras prefieren cargar una tienda, acampar y tomarse la montaña con más calma.

Y están los que quieren caminar de noche, bajo la lluvia, con cinco franceses, seis o siete lámparas que van entrando y saliendo de servicio y un conejo muleto como espectador oficial.

Cada modalidad tiene su propio carácter.

Porque cada hike tiene su historia

Al final, eso es lo que más me gusta de las montañas.

No importa cuántas veces hagas una misma ruta.

Nunca haces exactamente el mismo hike.

Puede ser el mismo sendero.

La misma distancia.

La misma cima.

Pero cambia el clima, cambia la gente, cambia la hora, cambia tu estado de ánimo y cambian las pequeñas cosas que suceden por el camino.

Esta vez fueron cinco jóvenes franceses.

Una lluvia que no quería terminar.

Un bosque lleno de sonidos.

Un conejo muleto apareciendo en la oscuridad.

Unas lámparas que decidieron jubilarse antes de tiempo.

Guantes prestados.

Manos calentándose con pequeños sobres térmicos.

Y una colección de baterías recargables haciendo relevos hasta llegar a la cima.

No fue el hike más cómodo.

Pero fue uno de esos que probablemente se recuerdan.

Porque una montaña no siempre tiene que regalarte un día perfecto.

A veces basta con que te dé una historia.

Y esta, definitivamente, tuvo la suya.

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