Hay expediciones que terminan cuando llegas de vuelta a casa y te quitas las botas. 👢 Y hay otras que, de alguna manera, se quedan caminando contigo. Esta es una de esas historias. 🏔️
El 26 de enero de 2026 me entró un mensaje a BaruExpedition. Eran Jeanne y Madeleine, dos jóvenes viajeras de Canadá 🇨🇦 con una particularidad genial: hablaban francés, inglés y un español impecable, con un amor gigantesco por la naturaleza. 🌿 Una de ellas tiraba más hacia el trekking y la otra era apasionada del buceo 🤿; de hecho, ambas trabajaban en áreas científicas y solían repartirse la organización de sus viajes según la disciplina. Pero, irónicamente, esta vez fue la buceadora quien terminó armando la logística de la montaña. 😄
Habían visto mis videos del Volcán Barú en la página, pero no querían ver la película desde la pantalla de su teléfono. 📱 Querían vivirla. Querían la experiencia completa: patear el sendero desde Los Llanos de Paso Ancho 🥾, acampar en la zona del cráter ⛺, ver el atardecer 🌄, pasar la noche en altura, levantarse en la madrugada a ver despuntar el sol 🌅 y regresar caminando. No buscaban solo la cumbre; querían sentir la montaña. 🏔️
Preparando el terreno 🎒
Durante las dos semanas previas me puse a poner a punto todo el equipo de BaruExpedition: carpas ⛺, sacos de dormir de buena temperatura 🛌, aislantes y todo lo necesario para sobrevivir y disfrutar el frío de la altura. ❄️ Ellas llevarían sus prendas personales y yo me encargaría de la infraestructura del campamento.
Nos encontramos en Volcán cuando llegaron a buscar el equipo. Desde el primer instante la buena vibración fue evidente. 😄 Revisamos peso, ajustamos correas, empacamos y nos fuimos directo a las faldas del volcán, en el sector de Paso Ancho.
A las cinco de la mañana ya estábamos dándole a las botas. 🥾🌅 Las dos venían con una condición física excelente, así que el ascenso dejó de ser una caminata pesada para convertirse en una conversación fluida de casi doce horas. 🗣️🏔️
Tres idiomas y un “dale, dale” 🇫🇷🇵🇦
Aunque el trío dominaba el español y el francés, el inglés se convirtió en nuestra lengua de campo por pura inercia, aderezado con pequeñas lecciones de francés que ellas me iban soltando por el camino. 🗣️ Lo curioso vino cuando me contaron que, aunque venían de Canadá con raíces francófonas, habían vivido varios años en Venezuela. 🇻🇪 De ahí salía ese español tan natural y esa calidez latina que hizo que cualquier distancia entre Canadá, Venezuela y Panamá se borrara en los primeros kilómetros. 🌎
Hablamos de todo: de sus vidas, de mis giras, de música 🎸, de buceo 🤿 y de lo que significaba estar ahí. De repente, cuando la cuesta se ponía empinada, soltaban un:
—Allez, allez! 🇫🇷
Y yo les respondía con nuestro clásico:
—¡Dale, dale! 🇵🇦😂
Misma energía, distinto idioma. Aunque tuve que aclararles, entre risas, que para un panameño la palabra “dale” puede significar fácilmente veinte cosas distintas según la entonación. 😂
Cuando el sendero empieza a apretar 🥾⛰️
La verdadera personalidad del Barú aparece cuando dejas atrás los primeros tramos. Aproximadamente después de los 5 kilómetros, el terreno te cambia la cara. La pendiente se pone seria, el esfuerzo se triplica y la vegetación empieza a ralearse. Pero esa exigencia es precisamente la que hace memorables esos kilómetros. 💪
Superando los 3,000 metros sobre el nivel del mar, el aire se siente diferente, más fino. El cuerpo lo registra y el paisaje te deja sin palabras. 🏔️ En una de las paradas, mientras veíamos cómo la luz empezaba a caer, una de ellas me soltó la pregunta del millón:
—Jorge, ¿y a ti no te aburre subir tantas veces el Volcán Barú?
Me reí. 😄
—¡Imposible! —les dije—. El sendero podrá ser el mismo, pero la película nunca se repite. 🎬 Cambian los personajes, cambian las conversaciones y cambia la energía de la montaña.
Para mí el Barú es mi gimnasio natural 💪, mi campo de entrenamiento, pero sobre todo es un santuario. La zona del cráter tiene un silencio y una paz difíciles de explicar. 🌿 Es un lugar que te obliga a desenchufarte de la rutina, de los problemas y del ruido diario. Y sí, al día siguiente toca bajar y ponerse back on the chain gang —como la famosa canción de The Pretenders— 🎸, pero esas horas arriba no te las quita nadie.
Noche de campamento, música y un vaso rebelde ⛺🎶
Llegamos a la zona del cráter y montamos las dos tiendas de tres estaciones. ⛺⛺ Como el sol pegaba antes del atardecer, aprovechamos la sombra de los pequeños arbustos de altura para descansar un rato sobre los aislantes.
Más tarde caminamos a ver cómo el sol se hundía sobre las nubes 🌄 —un espectáculo de luces increíble— y regresamos al campamento a preparar la cena. Ahí la expedición pasó a ser, oficialmente, una reunión de amigos en el lugar más alto del país. 😄🏔️
Pusimos música entre las carpas. 🎶 Yo mostré lo mío y ellas compartieron música de Canadá 🇨🇦 y canciones en francés 🇫🇷. Mientras el frío apretaba ❄️ y preparábamos una infusión caliente para entrar en calor ☕, apareció la famosa escena del vaso plegable de silicona.
Uno de los vasos terminó armado al revés, en una posición totalmente extraña, lo que desató una ronda de risas en medio del silencio del volcán. 😂
Lo vacilón es que desde esa noche me quedó una especie de “maleficio” positivo: cada vez que voy a armar uno de esos vasos en mis viajes, lo termino poniendo al revés. 😂 Tengo que desarmarlo, reírme solo en medio de la nada y volverlo a armar. Un recuerdo tonto, pero que se quedó grabado a fuego en la memoria de este viaje. ❤️
Entre taza y taza ☕, la conversación se puso profunda. Hablamos de la vida y de mi faceta como compositor. 🎸 Me preguntaron por las historias detrás de mis canciones y terminé contándoles el origen de temas como Flor de la calle. Fue como abrir un archivo muy personal a más de 3,000 metros de altura. 🏔️
Y mientras hablábamos, el cielo hizo lo suyo: se despejó por completo. ✨ Nos quedamos afuera, con el frío calándonos, pero con la mirada fija en una alfombra de estrellas y constelaciones gigantesca. 🌌 Sonaba The Cranberries de fondo. 🎶 Música, montaña, tazas humeantes y estrellas.
Un momento casi astral, de esos donde no hace falta que pase nada extraordinario porque el simple hecho de estar allí ya lo es todo. ✨🌌
Tres de la mañana: la cumbre 🌅⏰
Dormimos en carpas separadas. ⛺⛺ La madrugada trajo viento e incluso un poco de lluvia, pero con el equipo adecuado se duerme de maravilla. ❄️🌧️ A las tres de la mañana sonó la alarma.
Nos vestimos rápido, recogimos el campamento a oscuras con las linternas frontales 🔦 y empezamos la caminata final hacia el punto más alto para ver el amanecer. El cuerpo pesaba por el esfuerzo acumulado, pero la expectativa te mueve las piernas sola. 💪🥾
Llegamos al área de la Cruz justo a tiempo. ✝️ Y entonces, la magia: el sol comenzó a romper el horizonte, iluminando los dos océanos 🌊🌊 y pintando las nubes por debajo de nosotros. ☁️🌅 En ese preciso momento, el cansancio se evapora.
Ya no piensas en los kilómetros caminados ni en el peso de la mochila, sino en todo lo vivido para estar ahí parado.
Más que guiar, compartir 🤝🏔️
Cuando nos tocó bajar y despedirnos, la sensación no fue la de decir “adiós a unos clientes”, sino la de despedir a buenas amigas. ❤️ Jeanne y Madeleine se convirtieron en parte de la historia de la montaña.
Seguimos en contacto. Me mandaron fotos y videos de sus siguientes paradas por Panamá 🇵🇦, incluyendo sus sesiones de buceo. 🤿 Tiempo después, Madeleine me escribió desde Mozambique, en África 🌍, donde estaba sumergida en nuevas aventuras marinas. 🌊
Y así es esto.
Uno empieza un trek pensando que va a mostrarle el camino a dos personas, y termina aprendiendo de ellas, compartiendo idiomas, riendo por un vaso al revés 😂 y escuchando música en francés bajo un cielo estrellado. 🌌🎶
El sendero a la cima del Volcán Barú siempre estará allí, la ruta no cambia… pero las historias nunca se repiten. 🏔️✨

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