Hike Volcan Baru and tour Panama with a professional bilingual guide.
Entre estrellas y volcanes: una noche en el Volcán Barú con dos viajeras de Canadá
Hay expediciones que terminan cuando te quitas las botas y llegas de vuelta a casa. Y hay otras travesías de senderismo en Panamá que, por alguna razón, se te quedan grabadas en el alma. Esta es una de esas historias.
El 26 de enero de 2026 me entró un mensaje directo a la página de BarúExpedition. Era Madeleine, una chica de Canadá que estaba planeando una buena aventura en Chiriquí junto a su hermana, Jeanne.
Ambas compartían mucho más que el ADN y la pasión por rodar por el mundo: hablaban español, francés e inglés con una fluidez brutal y tenían una curiosidad enorme por conocer la naturaleza panameña sin filtros de pantalla.
Tenían una dinámica muy cool para viajar: una organizaba las rutas de montaña y la otra se encargaba de los tours de buceo, ya que a ambas les gusta el hiking y bucear. Las dos trabajan en temas vinculados a la ciencia. Lo curioso del caso es que, aunque a Madeleine lo que más le apasiona es el buceo, en esta ocasión le tocó armar la logística del trekking hacia el punto más alto de Panamá.
Habían visto mi página y no querían quedarse solo con el antojo digital de subir el Volcán Barú. Querían vivir la travesía completa: caminar el sendero, llegar al área del cráter, montar campamento, contemplar el atardecer a más de 3,000 metros, pasar la noche bajo cero, madrugar para el amanecer y regresar a pie.
Durante las dos semanas previas estuve preparando el equipo técnico de BaruExpedition: carpas de tres estaciones, sacos de dormir para bajas temperaturas, aislantes térmicos y la logística de camping. Ellas traerían sus cosas personales y un par de aditamentos propios.
El punto de encuentro y la caminata
Finalmente llegó el día. Nos encontramos en el pueblo de Volcán cuando pasaron a recoger los equipos. La química fue instantánea; son de esas personas amables y vibrantes con las que da gusto senderear. Revisamos el inventario, acomodamos las mochilas y nos fuimos directo hacia el inicio del sendero en el sector de Los Llanos de Paso Ancho, la ruta más técnica y exigente para ascender el volcán.
Arrancamos a caminar temprano, bordeando las cinco de la mañana. Con el frío mañanero pegando en el rostro, arrancó el ascenso. Ambas traían una condición física bárbara, así que la caminata rápidamente dejó de ser solo un reto de resistencia para convertirse en una conversación fluida que duró prácticamente todo el día.
Aunque dominaban tres idiomas, nuestra comunicación fluyó en un inglés bastante relajado, aderezado con chispazos de francés donde terminaron dándome un par de lecciones express sobre la marcha. Ahí me enteré de un detalle fascinante: aunque son de raíces canadienses y francófonas, vivieron años en Venezuela y el español fue de sus primeros idiomas. Esa vibra latina se les notaba a leguas; la plática era cálida, fluida y con ese toque cercano que te hace sentir en confianza desde el minuto uno.
Hablamos de todo un poco: de Canadá, Panamá, viajes, culturas y, por supuesto, de buena música. Ellas querían experimentar la autenticidad del país; yo, mientras tanto, descubría su mundo.
En medio de una cuesta pronunciada apareció una frase en francés que me dio risa: “Allez, allez!” Y automáticamente pensé en nuestro clásico panameño: “¡Dale, dale!”. Dos expresiones de mundos distintos, que suenan parecido, con significados parecidos y con exactamente la misma energía de empuje cuando estás dándolo todo en la pendiente.
Pasados los primeros 5 kilómetros, la montaña empieza a ponerse seria. La pendiente aprieta, el pulso se acelera y el paisaje del bosque nuboso va cambiando de tono. Pero esos kilómetros de pura exigencia física terminaron siendo de los más memorables de la jornada.
La paz que se respira en el cráter
Por encima de los 3,000 metros sobre el nivel del mar, la cosa cambia. El aire se vuelve más delgado, el cuerpo lo siente y la mente entra en otro canal. Mientras contemplábamos cómo caía la tarde y mirábamos el atardecer, Madeleine me tiró una pregunta directa: ¿Por qué no te aburres de subir tantas veces el Volcán Barú?
La respuesta me salió muy fácil: cada expedición o hike es un universo completamente nuevo. Puedes recorrer el mismo sendero cien veces, pero jamás caminas con las mismas personas. Cada grupo trae su propia historia, su energía y su manera de conectar con la naturaleza. Cuando la gente cambia, la montaña te entrega una experiencia distinta.
Además, el Barú para mí es más que trabajo; es mi gimnasio natural, el terreno donde pongo a prueba el cuerpo y la mente. Pero hay algo más fuerte: la paz del cráter. A esa altura entras en una especie de desconexión total donde las cargas de la rutina diaria simplemente se evaporan. Estás ahí para respirar, soltar el estrés y conectar. Tarde o temprano hay que bajar y regresar a la rutina —back on the chain gang, como dice el clásico de The Pretenders—, pero esa sensación de libertad no te la quita nadie.
Música, constelaciones y un vaso montado al revés
Llegando a la zona de acampar montamos las tiendas. Como el sol de la tarde pega fuerte arriba, buscamos la sombra de los pequeños arbustos de altura para descansar después de instalar el campamento. Descansamos un rato y nos fuimos a ver el atardecer, que nos regaló una explosión de colores espectaculares del horizonte chiricano.
De vuelta a las carpas arrancó el verdadero ambiente. Aquello dejó de parecer una travesía guiada y se transformó en una velada entre amigos. Cocinando la cena en medio del frío, sacamos los celulares para armar el fondo musical y tomarnos fotos y videos. Pusimos canciones que yo había escrito, pero también ellas compartieron canciones canadienses de rock en francés que les gustaban mucho y a mí también.
En medio del momento pasó algo muy gracioso. Preparando unos recipientes para las bebidas calientes, Jeanne armó uno de los vasos completamente al revés. La risa fue general. Lo curioso es que, desde esa noche, cada vez que armo ese dichoso vaso me sale ponerlo al revés por pura inercia. Me toca reírme solo, desarmarlo y volverlo a poner bien (y a veces hasta dudo de cómo iba, jajaja). Son esos pequeños momentos inesperados los que le dan sabor a un viaje.
Para calentar el pecho preparé una de mis infusiones herbales tradicionales. Entre sorbo y sorbo, la conversación derivó hacia la composición musical. Como muchas de mis canciones nacen de vivencias personales, las chicas querían saber las historias detrás de las letras. Fue como abrir un pequeño archivo personal en medio de la nada. A Madeleine, en particular, le conectó mucho el temaFlor de la calle.
Para rematar, el cielo se despejó por completo. Nos quedó un manto nocturno brutal, sin nubes y bien estrellado. Nos pusimos a cazar constelaciones mientras de fondo sonaba la voz de Dolores O’Riordan con The Cranberries.
Música, montaña, frío de verdad, estrellas y buenas historias. Todo se alineó en una experiencia casi espiritual. No hizo falta ningún espectáculo artificial; la magia estuvo en la simplicidad de estar tres personas compartiendo la noche en el cráter del volcán, arropados por un cielo infinito.
Amanecer en la cima de Panamá
A medianoche nos retiramos a descansar —ellas en su carpa y yo en la mía—. La madrugada trajo el viento característico del Barú y una llovizna rápida, pero con el equipo de camping adecuado la noche se pasó sin contratiempos. A las tres de la mañana sonó la alarma. Había que recoger todo el campamento en una hora y empezamos a caminar alrededor de las 4:00 a. m. hacia el punto más alto de Panamá.
Con el cansancio acumulado en las piernas pero la adrenaline al tope, caminamos hacia el punto más alto donde está la Cruz para presenciar el show principal: el amanecer sobre los dos océanos.
Cuando los primeros rayos de luz empezaron a romper en el horizonte, todo el esfuerzo físico cobró sentido. Ya no piensas en los kilómetros caminados ni en el peso de la mochila; piensas en todo el camino recorrido para estar parado en ese preciso instante.
El descenso y la despedida final tuvieron su toque emotivo. Hay personas que llegan como clientes y terminan convertidas en parte de la memoria viva de la montaña. Jeanne y Madeleine fueron de ese grupo.
Tras la expedición mantuvimos el contacto. Me mandaron fotos y videos de sus buceos por las costas panameñas, y tiempo después Madeleine me escribió desde Mozambique, donde andaba explorando las profundidades del Océano Índico.
Así son estas travesías en la montaña. Empiezas un tour al Volcán Barú pensando que solo vas a guiar a dos personas hasta la cumbre, y terminas encontrando conversaciones profundas, música, intercambio cultural y momentos auténticos que no se compran con dinero ni se planifican en un itinerario.
El sendero de Paso Ancho siempre estará ahí. El volcán y el cráter no van a cambiar de sitio. Pero la gente que lo camina sí cambia, y con cada grupo nace una historia completamente nueva. Años después no recuerdas exactamente cuántas horas tardaste en subir; recuerdas las risas, las canciones en francés, un vaso armado al revés y la noche en que acampaste bajo un millón de estrellas en el techo de Panamá.
Por eso, y por nada más, sigo subiendo al Volcán Barú.
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